Luego de tantos años, lo volví a ver. Su sonrisa me llenó de recuerdos.
Su mirada, tan dulce y tan profunda como siempre, me devolvió al pasado, a aquellos años remotos donde el calor de nuestras almas alcanzaba para incendiar cualquier hostal. Era hermoso recorrer su piel con mis dedos y llenar de mariposas éste estómago vacío.
Éramos pobres. Sólo contábamos con dos familias que no eran nuestras, sino adjudicadas por la vida. Él vivía para ella y yo para mi cruz, mi ancla, ese yunque sobre mi espalda que jamás quise cargar. No podíamos olvidar nuestras rutinas, mas sin embargo, una vez al mes, corríamos a desempolvar el corazón en algún recinto apenas limpio, donde invertíamos las monedas que con tanto esfuerzo lográbamos ahorrar. Al entrar, colgábamos nuestros tormentos y penurias junto con su gabardina y mi gamulán, nos desvestíamos de las tristezas y sufrimientos y nos entregábamos al placer del amor. Derrochábamos lo único que nos sobraba: esos besos tan apasionados, colmados de sentimiento puro y sincero, esos abrazos tan nuestros, tan curativos, esas caricias tan dulces y propias de un cariño tan indestructible y verdadero. En cada almohada dejábamos impregnado el deseo que teníamos el uno por el otro, el sueño de poder estar juntos para siempre en un mundo perfecto lleno de dicha y felicidad. Aunque el remedio para la felicidad sea una simple utopía, puedo afirmar que él era mi medicina y yo su sanación.
Esas tardes supieron ser el éxtasis de mi vida. Él desbordaba todos mis espacios vacíos, tapiaba los pozos negros que había dentro de mí, le daba sentido a mi existir. A su lado no había sinsabores ni adversidades que pudieran hacerme caer, sentía que su presencia era mi columna vertebral. Pero llegó ese día tan temido por ambos.
Recibí su carta. Olía a llanto, pero de lágrimas secas, de esos que se llevan por dentro y que parten el corazón en dos, dejando escurrir todo el sentir por una rendija que jamás cicatrizará. Hablaba de su partida, una despedida sin adiós que se efectuaría en las próximas horas y que ya no tenía marcha atrás. La miseria lo había destruido y debía buscar fortuna en otro lugar. Me recordaba que el único motivo de su larga estadía en la ciudad había sido yo, y me pedía disculpas por haber llenado mi vida de ilusiones y promesas imposibles. Sabía que su vida no sería la misma si yo no estaba en ella, que siempre me extrañaría y me tendría presente dentro de sí. Me agradecía por haberle dado los momentos más hermosos de su existencia y el amor más sincero que nadie jamás podría regalarle.
No me dejó responderle, tan sólo partió, se fue de mí condenando mi mente a un sinfín de incesantes y cansinos ecos y a un montón de preguntas sin respuesta. Me dejó con el corazón sangrando, el alma rota y el pecho vacío.
-
Mis ojos brillaron al posarse sobre él. Aún conservaba el semblante típico de un conde. Él caminaba sólo por las calles de Milán, yo iba saliendo de una tienda. Repentinamente, un furtivo cruce de miradas nos unió como si nunca nos hubiéramos separado. Inmediatamente sonrió. Noté su nerviosismo cuando arrastró los dedos sobre su cabello entrecano. En un parpadeo atravesó la calle y al llegar a la esquina, murmuró:
-Tanto tiempo esperando éste momento, princesa. ¡Al fin te encuentro!.
Aún no conseguía emitir palabra, intenté respirar profundo y pensar, pero me hipnotizó con esa autenticidad tan característica de él. Y mi corazón estaba tan ocupado latiendo desesperadamente que no alcancé a entender qué era lo que realmente me quería decir.
Con la misma dulzura que me enamoró la primera vez, tomó mi mano y la besó. Me invitó a dar un paseo y accedí con el mismo entusiasmo de una adolescente. Caminamos durante una hora, hasta que el amanecer nos tomó por sorpresa. Aunque no tenía un discurso preparado, no mencionó el pasado ni el presente, sólo reflexionó acerca de la vida y yo lo escuché, mi única intervención fue un asentimiento con la cabeza. Cuando el sol estaba por ponerse, se detuvo. Tomó mis manos cariñosamente y con sus ojos en los míos me preguntó si era capaz de perdonarlo por todo el mal que me había causado. Y en efecto, pude ver que en sus pupilas estaba marcado cada lamento que profesaban sus labios: cada esperanza que me dio, cada sentimiento de necesidad que incurrió en mí durante su ausencia, cada lágrima derramada por su desaparición. Pero de un instante a otro dejé de escuchar lo que él tenía para decir. Tuve una especie de deja vu. Mi mente se trasladó a una de aquellas tardes frías, donde la tormenta y la helada habían pasado desapercibidas entre cobijas de lana y amor pasional. Él había terminado de colocarme el gamulán y estaba dispuesto a darme el beso de despedida, el último contacto físico que tendríamos hasta el transcurso de los próximos 30 amaneceres. Aquél día me prometió recuperar el tiempo perdido y jamás separarse de mí. Recuerdo que le creí.
Mientras proseguía con su diálogo, recordé la esperanza con la cual había esperado el reencuentro. Las ganas de existir que tuve siempre, únicamente para volver a verlo, a sentirlo, a besarlo. Y así fue que por fin comprendí cuánto me había servido su decisión.
Sin quebrar el contacto visual que estábamos teniendo, interrumpí su monólogo y le agradecí, por la interminable espera, por el dolor, por las heridas; por hacerme entender que lo que no mata, fortalece; por nunca haber dejado de darle un sentido a mi vida. Aún sin saberlo, él era mi razón de ser.
Y, con un suave beso en la mejilla, y todo el dolor del mundo, lo despedí, al igual que él se despidió de mí aquella tarde fría y gris:
-Te veo en la esquina de mis sueños y tus fantasías. Siempre estaré allí, esperándote bajo el farol de los deseos, donde se funden nuestros recuerdos y el aire se inunda con esa canción tan hermosa que promulga únicamente nuestro amor.
Su mirada, tan dulce y tan profunda como siempre, me devolvió al pasado, a aquellos años remotos donde el calor de nuestras almas alcanzaba para incendiar cualquier hostal. Era hermoso recorrer su piel con mis dedos y llenar de mariposas éste estómago vacío.
Éramos pobres. Sólo contábamos con dos familias que no eran nuestras, sino adjudicadas por la vida. Él vivía para ella y yo para mi cruz, mi ancla, ese yunque sobre mi espalda que jamás quise cargar. No podíamos olvidar nuestras rutinas, mas sin embargo, una vez al mes, corríamos a desempolvar el corazón en algún recinto apenas limpio, donde invertíamos las monedas que con tanto esfuerzo lográbamos ahorrar. Al entrar, colgábamos nuestros tormentos y penurias junto con su gabardina y mi gamulán, nos desvestíamos de las tristezas y sufrimientos y nos entregábamos al placer del amor. Derrochábamos lo único que nos sobraba: esos besos tan apasionados, colmados de sentimiento puro y sincero, esos abrazos tan nuestros, tan curativos, esas caricias tan dulces y propias de un cariño tan indestructible y verdadero. En cada almohada dejábamos impregnado el deseo que teníamos el uno por el otro, el sueño de poder estar juntos para siempre en un mundo perfecto lleno de dicha y felicidad. Aunque el remedio para la felicidad sea una simple utopía, puedo afirmar que él era mi medicina y yo su sanación.
Esas tardes supieron ser el éxtasis de mi vida. Él desbordaba todos mis espacios vacíos, tapiaba los pozos negros que había dentro de mí, le daba sentido a mi existir. A su lado no había sinsabores ni adversidades que pudieran hacerme caer, sentía que su presencia era mi columna vertebral. Pero llegó ese día tan temido por ambos.
Recibí su carta. Olía a llanto, pero de lágrimas secas, de esos que se llevan por dentro y que parten el corazón en dos, dejando escurrir todo el sentir por una rendija que jamás cicatrizará. Hablaba de su partida, una despedida sin adiós que se efectuaría en las próximas horas y que ya no tenía marcha atrás. La miseria lo había destruido y debía buscar fortuna en otro lugar. Me recordaba que el único motivo de su larga estadía en la ciudad había sido yo, y me pedía disculpas por haber llenado mi vida de ilusiones y promesas imposibles. Sabía que su vida no sería la misma si yo no estaba en ella, que siempre me extrañaría y me tendría presente dentro de sí. Me agradecía por haberle dado los momentos más hermosos de su existencia y el amor más sincero que nadie jamás podría regalarle.
No me dejó responderle, tan sólo partió, se fue de mí condenando mi mente a un sinfín de incesantes y cansinos ecos y a un montón de preguntas sin respuesta. Me dejó con el corazón sangrando, el alma rota y el pecho vacío.
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Mis ojos brillaron al posarse sobre él. Aún conservaba el semblante típico de un conde. Él caminaba sólo por las calles de Milán, yo iba saliendo de una tienda. Repentinamente, un furtivo cruce de miradas nos unió como si nunca nos hubiéramos separado. Inmediatamente sonrió. Noté su nerviosismo cuando arrastró los dedos sobre su cabello entrecano. En un parpadeo atravesó la calle y al llegar a la esquina, murmuró:
-Tanto tiempo esperando éste momento, princesa. ¡Al fin te encuentro!.
Aún no conseguía emitir palabra, intenté respirar profundo y pensar, pero me hipnotizó con esa autenticidad tan característica de él. Y mi corazón estaba tan ocupado latiendo desesperadamente que no alcancé a entender qué era lo que realmente me quería decir.
Con la misma dulzura que me enamoró la primera vez, tomó mi mano y la besó. Me invitó a dar un paseo y accedí con el mismo entusiasmo de una adolescente. Caminamos durante una hora, hasta que el amanecer nos tomó por sorpresa. Aunque no tenía un discurso preparado, no mencionó el pasado ni el presente, sólo reflexionó acerca de la vida y yo lo escuché, mi única intervención fue un asentimiento con la cabeza. Cuando el sol estaba por ponerse, se detuvo. Tomó mis manos cariñosamente y con sus ojos en los míos me preguntó si era capaz de perdonarlo por todo el mal que me había causado. Y en efecto, pude ver que en sus pupilas estaba marcado cada lamento que profesaban sus labios: cada esperanza que me dio, cada sentimiento de necesidad que incurrió en mí durante su ausencia, cada lágrima derramada por su desaparición. Pero de un instante a otro dejé de escuchar lo que él tenía para decir. Tuve una especie de deja vu. Mi mente se trasladó a una de aquellas tardes frías, donde la tormenta y la helada habían pasado desapercibidas entre cobijas de lana y amor pasional. Él había terminado de colocarme el gamulán y estaba dispuesto a darme el beso de despedida, el último contacto físico que tendríamos hasta el transcurso de los próximos 30 amaneceres. Aquél día me prometió recuperar el tiempo perdido y jamás separarse de mí. Recuerdo que le creí.
Mientras proseguía con su diálogo, recordé la esperanza con la cual había esperado el reencuentro. Las ganas de existir que tuve siempre, únicamente para volver a verlo, a sentirlo, a besarlo. Y así fue que por fin comprendí cuánto me había servido su decisión.
Sin quebrar el contacto visual que estábamos teniendo, interrumpí su monólogo y le agradecí, por la interminable espera, por el dolor, por las heridas; por hacerme entender que lo que no mata, fortalece; por nunca haber dejado de darle un sentido a mi vida. Aún sin saberlo, él era mi razón de ser.
Y, con un suave beso en la mejilla, y todo el dolor del mundo, lo despedí, al igual que él se despidió de mí aquella tarde fría y gris:
-Te veo en la esquina de mis sueños y tus fantasías. Siempre estaré allí, esperándote bajo el farol de los deseos, donde se funden nuestros recuerdos y el aire se inunda con esa canción tan hermosa que promulga únicamente nuestro amor.

