martes, 25 de agosto de 2020

Homónima.

No tengo reloj en la pared, ni en el alma... Quizás ese sea el mal propio, que no me dejó dar cuenta de cuánto te esperé. 

Vi mil veces tus ojos opacos, tu sonrisa ladeada... Escuché tus silencios de cerca y de lejos, y a tu corazón tiritar entre mis brazos ardientes, mientras se quejaba del frío que le causó algún otro amor...

Y aún así te prometí tantas cosas que pensaba cumplir... Te di todo de mí, me desnudé ante tu inmadurez, forniqué con tu ego, con tu forma tan vaga de acercarte a mi piel y a mi espíritu, pero nunca estuve tan cerca de la nada.

Sentí el vacío en mi pecho, contuve mis lágrimas, traté de acompañar tu ritmo... Te seguí, me arriesgué y, aún sabiendo lo que venía luego, te di ese segundo beso de adiós.

El amor es algo que anhelo, pero no me mata si es de mentira. Solo siento tristeza por haber caído en el pozo del miedo ajeno una vez más. 

No me explico por qué la sinceridad abruma tanto, ni entiendo la necesidad imperiosa que tiene el ser humano de huir de ella.

Me abraza la noche, la lluvia, la helada, pero no sufro, pues comprendo que el amor real te vuelve más humano y empático, y esto, claramente, fue otra cosa. 

La costumbre de caer me ha formado callos tan rugosos que ya ni siento el desencanto. 

Aún me pregunto por qué si mis expectativas son tan altas e inverosímiles, como muchos comentan, sigo buscándolas en personas que no ven más allá de su nariz.

Soy una parábola, en ciencia y en literatura... Y aunque la enseñanza aún la estoy buscando, ya pasé el eje y estoy empezando a subir.

♥ ƞαττ